Diciembre 2011
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Cuento nocturno
¿Nos salvamos? El asteroide YU55, de 400 metros de ancho, pasó este martes en la noche a unos 325 mil kilómetros de la Tierra, sin siquiera rasguñar nuestro frágil planeta. Pero si este martes hubiese sido el día del fin del mundo, se habría abierto una oportunidad inestimable para preguntarnos qué somos y cuál es el sentido de nuestras vulnerables y ridículas vidas, siempre expuestas a un accidente doméstico o cósmico: una motocicleta que nos puede atropellar en la próxima esquina, un asteroide que nos puede borrar de la faz de la tierra.
Me pregunto qué habría sucedido si los científicos de la NASA nos hubiesen dado el lunes la mala noticia de la gran catástrofe, es decir, que íbamos a correr la misma suerte que los dinosaurios. ¿Qué habrían hecho los mezquinos, los cobardes, los usureros y embusteros del mundo? ¿Habrían tenido un gesto de grandeza de último minuto? ¿Habrían, por ejemplo, las autoridades habilitado los ascensores de Valparaíso —hoy inaceptablemente detenidos— para que los habitantes de los cerros pudieran llegar a sus hogares a decirle adiós al mar? ¿La mujer más bella del pueblo le habría dado por fin el “sí” al que de verdad la amaba, y el hijo pródigo habría ido a abrazar al padre al que le costó toda la vida perdonar?
¿O habríamos visto, como sucede en los naufragios, a los miserables apoderarse de todas las naves para huir, dejando atrás, en un planeta en llamas, a los débiles y los inocentes abandonados a su propia suerte? Y yo, ¿qué hubiera hecho, cuál habría sido mi último gesto y cuál la última columna, que hubiera escrito como un saludo a la bandera, sabiendo que este jueves no habría periódicos ni lectores ni noticias?
Cuando por primera vez supe que un asteroide iba a pasar cerca de la Tierra, gracias a Robert Mc Millan, un investigador de Arizona que descubrió su existencia en 2005, me acordé de un hermoso poema de nuestro poeta Jorge Teillier, “Fin de mundo”: “El día del fin del mundo/ será limpio y ordenado/ como el cuaderno del mejor alumno” —dice el poeta de Lautaro—. Y agrega: “Yo grabaré mis iniciales/ en la corteza de un tilo,/ pensando que eso no sirve para nada”. Me acuerdo de esos versos, porque siempre me han encantado los tilos, aunque ya nadie o casi nadie graba nada en las cortezas de los árboles, y las declaraciones de amor u odio hoy se hacen en los graffiti de los muros de la ciudad. Termina diciendo Teillier, con sabiduría de hombre del sur: “Los evangélicos saldrán a las esquinas/ a cantar sus himnos de costumbre (…)/ Y yo diré: “El mundo no puede terminar,/ porque las palomas y los gorriones siguen peleando por la avena en el patio”.
Más que escuchar a los agoreros del fin del mundo, a los apocalípticos de dudosa reputación, habría que aprender a leer de nuevo los signos de la Tierra. Ella es la única que sabe, la única hechicera o adivina a la que le creo. Porque ella nos despierta con el sol, porque ella nos limpia con la lluvia. Ella dice mucho más de lo que creemos a simple vista, pero hay que tener tiempo para escuchar sus sutiles vaticinios. ¿Y quién tiene tiempo hoy día en este planeta vertiginoso? Aparte de los ancianos, ¿quién se detiene hoy en su propio jardín a sentir cómo cae la tarde?
Yo no les creo nada a los magos de hoy: los economistas, politólogos y meteorólogos. Siempre se equivocan en sus predicciones. La Tierra, en cambio, nunca miente. Y ya no le damos ni la hora. El día del fin del mundo yo me arrodillaría a besar la tierra, y gastaría mis últimos minutos en jugar con los niños en la plaza de mi barrio. No hay nada más importante ni más en serio que eso.
Que el próximo asteroide nos pille jugando a las escondidas o a la pelota, y no robando, matando o mintiendo, eso que tantos hacen hoy con tanta dedicación y a gran escala, sin tregua ni piedad.
Cristián Warnken
Jueves 10 de Noviembre de 2011
tom waits — eggs and sausage
Harry Escott — Unravelling (from the Shame Original Motion Picture Soundtrack)
Every time I think of the scene that this piece is scoring, I get chills and an overwhelming desire to cry.